De Talamantes a La Tonda
Subida en bicicleta de monte a la mítica Tonda desde Talamantes. Puerto tirando a corto y con rampas durísimas. El último ‘repecho’ bien podría competir en dureza con la también mítica ‘Cueña les cabres’ del Angliru. Contando que aquí ruedas sobre tierra (y alguna que otra piedra), vas a tener que pretar el culo y sudar, para conquistar esta puyata zaragozana.
Cuando Antonio de @espaciobttmoncayosur me habló de La Tonda, enseguida me vino a la cabeza la Calcenada. Mítica (hoy todo es así) prueba que consistía en dar la vuelta completa la Moncayo en BTT, corriendo, andando, o a caballo (“y tallo corazones a navaja…”). Recuerdo participar en ella hace ya muchos años, diría que lo mismo unos quince. No recuerdo ya, si lo llegué a hacer en una o dos ocasiones. Lo que sí recuerdo (para que veas lo que le doy a la cabecica), es la ‘cuesta’ de La Tonda, que encima la ponían finalizando los más de 100 kilómetros con los que contaba la historia. ¿Llamarán ‘cuestas’ a las subidas intensas, por lo que te ‘cuesta’ subirlas? ¿A qué no te habías parao a pensarlo? El otro día, vi un video del Arguiñano contando una ‘mierda’ del estilo a esta, que me dejó loco. Algún día te la cuento. En fin, a lo que estamos.
Grabando este puerto me di cuenta, quince años después si no me falla la memoria (cosa bastante probable), que la cima de La Tonda en realidad, quedaba más arriba de lo que yo recordaba. En la Calcenada, nos hacían subir por la vertiente este de la montaña, sin llegar a coronarla. También se salía de Talamantes, eso sí, y las rampas puede que sean hasta parecidas en dureza.
El puerto, como te decía anteriormente, empieza en Talamantes. Concretamente en el precioso puente románico sobre el barranco de Valdeherrera, saliendo del pueblo hacia el sur. Tras una pequeña (y muy cabrona) rampa, pasando por la ermita de San Miguel, encaras la pista principal hacia el pico, después de un par de giros.
Terreno en buenas condiciones. Se rodaría fácil, si no fuera por los grandes picos de pendiente que vas a tener que ir superando. La misma pendiente, te va a dar un respiro a la altura de la fuente del Boticario, así que tienes la excusa perfecta para recargar el agua de tus bidones.
Hasta que llegues al mirador natural de las Peñas de Herrera, pasados los cuatro kilómetros de ascensión, te toca ir ganando metros rápidamente, por un bonito bosque cerrado, cosa que supongo en verano, tendrás a tu favor. Resulta que estás rodando, por lo que fue una importante zona minera. Se extraían sobre todo minerales como hierro y cobre, además de plata, cuarzo, plomo, cinc o bario. Mineral de hierro precisamente es la hematita (cosa de la que no tenía ni idea). Pude ver unas cuantas gracias a Antonio (como mola llevar de ‘gregario’ a un guía local) y tiene un aspecto bastante parecido al ‘adamantium’ (friki siempre). Fíjate lo flipao que puedo ser, que llegue a pensar en qué pasaría si me inyectaran este material como a Lobezno. En fin, seguimos.
A ver las Peñas de Herrera tienes que parar, te lo va a pedir el cuerpo. Dejando atrás el bosque, el terreno se abre y pedaleas prácticamente a cielo abierto. Te puedes recrear observando el entorno, que te lo has ganado sudando. Tras un sube y baja y algún que otro giro, llegas al collado del Campo rodeado de algún que otro amago de bosque de pino. Aquí no te recomiendo parar, ni tampoco mirar al frente (importante esto), pero si coger aire para lo que viene.
El último tramo de pista asciende recto por la montaña cual cortafuegos. Como te advertía al principio, no te va a quedar otra que pretar el culo y agachar la cabeza para conseguir hacer cima sin echar pie a tierra. Una vez arriba, las vistas del Moncayo y sus alrededores, son oro molido (o mineral de hierro molido, en este caso).








