De Duesaigües al castell d’Escornalbou
Subida al castell d’Escornalbou desde la localidad de Düesaigues (cuesta tanto decirlo bien como escribirlo). Puede que sea la vertiente menos conocida de este puerto (yo por lo menos conozco otras tres, desde Riudecanyes, Vilanova d’Escornalbou y l’Argentera, todas ellas por asfalto, aunque igual se me escapa alguna de tierra) y la más bonita.
Por motivos familiares, ‘me toca’ ir a la playa más de lo que me gustaría. Concretamente, me gusta ir a la playa entre poco y muy poco. Entendiéndose por playa una gran extensión de arena, con más sombrillas plantadas que metros cuadrados tenga el terreno. No le veo el sentido a estar ahí tirado perdiendo el tiempo. Te lo puedo comprar un día, al segundo ya no se me puede hablar del cabreo que llevo. He llegado a la conclusión que me gusta tan poco la arena en sí, como la gente que se ‘aprieta’ en estos sitios (yo incluido cuando estoy). Que quede claro que las calas (o playas) de piedra donde se pueda bucear tranquilamente y se escuche más el romper de las olas que a tu ‘vecino’ poniendo a caldo a un conocido, esas si me molan.
Lo mismo estás pensando (con toda la razón), “¿pero este a mí que me está contando?, ¿qué cojones me importa?”. La historia es que gracias a ese ‘odio’ a la playa, descubrí el Priorat, las Muntanyes de Prades o la sierra de Pratdip. Sitios muy guapos para andar en bicicleta cerca de la costa de Tarragona. Cualquier excusa era buena para escaparme a dar pedales, y librarme de hacer lo que se supone que ‘tienes que hacer cuando estás de vacaciones’.
Y en una de esas investigaciones ciclistas, descubrí este puerto. Ya no recuerdo si fue de casualidad, o leí algo por algún sitio y me acerqué a conocerlo por curiosidad. Me moló tanto, que ya tengo como costumbre subirlo un par de veces al año.
Estás antes una ascensión por ‘vía verde’, aunque pueda parecer lo contrario. Precioso camino hormigonado o cementado (ya perdonarás, pero a veces no distingo bien las dos opciones), tirando a estrecho y recogido por un bosque de encinas (en verano lo vas a agradecer). Puerto corto, pero muy intenso, con picos de pendiente entre altos y muy altos. Terreno en perfectas condiciones hasta para una bicicleta de carretera.
Es uno de esos sitios a los que no le ves sentido en una primera impresión (para bien) cuando te los encuentras. ¿Qué narices hace esto aquí? Recuerdo buscar información sobre ello, y tiene que ver con el acceso a una antigua mina de barita (activa hasta finales de los años ochenta), además del paso de los monjes hacia al monasterio de la cima del puerto. Supongo (y ahora estoy hablando sin saber), que se instalaría una especie de tren para el transporte de personas y materiales, que una vez en desuso, quedaría en este maravilloso puerto.
La última parte de la subida, se hace ya por la carretera principal, más ancha y de puro asfalto. La última rampa, y las dos curvas de herradura anteriores, tienen tela. Ya me cuentas que te parecen. Y ya me cuentas también, que te parece la subida en sí y las vistas de la cima.




